“Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada”

“Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada”

Nos venden que no, que podemos con todo, que podemos sonreír a la muerte y evitar así que se acerque a nuestras casas, que podemos mirar de frente a la peor de las enfermedades y que así se vaya, que somos capaces de vivir del aire, que podemos llevarnos bien con todo el mundo a pesar de ser éste un nido de víboras salvajes y preparadas para el más vil de los asesinatos. Por la espalda.

Nos dicen que no, que no pasa nada por no ser fiel a uno mismo, que podemos creer en la palabra de cualquiera que en su mirada tenga luz, sin contar con que todas las luces se apagan aunque sea durante un periodo no muy prolongado de tiempo, pero que no, que no son eternas. Y que se apagan.

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Nos dan unas bases, unas piezas de un puzzle gigante que nos limitamos a aceptar como nuestro, y con el que tenemos que jugar sin pensar en las consecuencias de iniciar esa partida. Jugamos, y muchas veces obviamos que fuera de la habitación en la que nos colocaron al nacer, ocurren cosas. Muchas cosas. Cosas que jamás llegaremos a conocer mientras vivamos porque tenemos que acabar de montar ese puzzle antes de que se expire el tiempo.

El caso es que la vida sigue, tanto dentro como fuera del habitáculo. La vida sigue y nuestro plan trazado se desarrolla con normalidad mientras soñamos con llegar al final de nuestros días de la manera más culturalmente óptima posible. Queremos querer y que nos quieran, comer y que nos coman, vivir felices en compañía de los nuestros y de paso que los nuestros sean felices cueste lo que cueste que lo sean… Queremos -creemos- pasar así la vida, hasta que ésta, inevitablemente y como todas las cosas que se encendieron en un momento dado, se apague.

Y no importa lo que hagas, lo que pienses, lo que luches… la vida al final llegará al mismo lugar independientemente de lo que tengas, guardes o poseas. ¿Qué es lo que cambia? El camino. Un puñetero camino que muchas veces no nos dejan elegir las experiencias que se cruzan en nuestras vidas. Por eso, aunque nos digan que podemos ser felices con las pequeñas cosas, nada podremos hacer si se funden todas las bombillas que nos rodean y perdemos el equilibrio. Y el problema es que puede pasar, pero nadie nos lo está recordando. Y tampoco digo que tengamos que estar pensando siempre en que las tinieblas nos acechan, solo digo que tenemos que tener en cuenta que, tal vez, un día nos toque enfrentarnos a ellas, y será entonces cuando tengamos que demostrar, de verdad, para lo que estamos preparados. La vida, a veces, se retuerce sobre si misma y nos prepara sorpresas con las que jamás habríamos contado. Y todo porque nadie nos dice que lo peor puede pasar porque lo peor también forma parte de la vida. Por eso, aunque no sirva de nada, yo aviso. La vida puede ser maravillosa, por supuesto, pero también puede traer el peor de los sufrimientos consigo. Y es que nunca me dijeron que la vida también duele, y es que alguien debió de olvidar, que “si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada”.

Tiempo…

Tiempo…

Lo reconozco. Ni la muerte, ni el miedo, ni el amor son causa de mis desvelos. En mi caso, aquello que me quita el sueño es intangible, invisible, impagable… pero sobre todo, es imposible de controlar. Es el dichoso tiempo. 

Y es que algo ha de tener, cuando en la sociedad actual hemos conseguido convertirlo en un bien de segunda necesidad, desperdiciado en exceso y relegado a un tercer plano en nuestra lista de preocupaciones diarias, y todo esto sin que prácticamente seamos conscientes de lo que está pasando.

Claro, llegamos al mundo y no nos da tiempo a adaptarnos, ni mucho menos a preguntarnos qué es lo que queremos hacer realmente con semejante responsabilidad. En qué invertiremos nuestro tiempo, único, mágico, intransferible, irrecuperable. Cuando eres niña o niño, no te preocupas de semejantes trivialidades. ¿Tiempo? “Tiempo para jugar y déjate de historias”. Qué fácil era. Pero, de repente, te haces mayor, y entre clases, actividades extra escolares -a la que nos apuntan nuestras madres o nuestros padres precisamente porque no tienen ‘tiempo’ para hacerse cargo de nosotros-, comienzan a surgir las primeras responsabilidades serias. Acabamos de consumir un cuarto de nuestra vida útil y seguimos sin tener tiempo para nosotros.

Y avanzamos.

Seguimos creciendo.

Sigue pasando el tiempo y aquello que veías tan lejano cuando salías del colegio portando tu mochila de moda y tus cuadernos con apuntes de Conocimiento del Medio; aquellasbeach-1846145__340.jpg personas mayores que hablaban preocupadas por teléfono mientras rebuscaban con prisas y cierto enfado cosas en sus bolsos o maletas, resoplando y sin apenas percatarse de que alguien les observaba con interés y cierta curiosidad; se transforma en tu vida.

Es tu momento: eres mayor y ya no tienes tiempo de plantearte el resto. Facturas, hipoteca, llegar a fin de mes, conciliar tu vida profesional con tu vida familiar y tus amistades, practicar algún deporte, salir al menos una vez por semana, hacer la compra, darte el lujo de preparar una escapada, recoger a los niños, visitar a tus padres, mantener tu empleo. Ni si quiera te das cuenta, cuando andas por la calle corriendo de un lado a otro, siempre mal de tiempo, de aquella niña que te observa tras su carpeta como si fueras un ejemplo.

Hoy, alguien me ha dado un gran consejo: cuando montas en la rueda no lo ves. Cuando estás ‘dentro’ pierdes totalmente la perspectiva y lamentablemente no eres consciente hasta que ocurre algo, por desgracia en la mayoría de los casos un hecho de fuerza mayor, que te obliga a detener esa rueda. Algunos tienen suerte y recapacitan, e incluso cambian la cosas. Otros se pegan toda la vida advirtiendo que lo harán o que lo harían. O que les habría encantado hacerlo.

Si lo pensamos, es algo que todos tenemos. Tiempo. Estaría genial que alguien nos dijese lo importante que es cuidarlo, gestionarlo, entenderlo. Sin embargo, como todas las cosas en la vida, nunca es tarde para hacerlo…

Preciso tiempo, necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta..

(Tiempo sin tiempo, Mario Benedetti)