Lo reconozco. Ni la muerte, ni el miedo, ni el amor son causa de mis desvelos. En mi caso, aquello que me quita el sueño es intangible, invisible, impagable… pero sobre todo, es imposible de controlar. Es el dichoso tiempo. 

Y es que algo ha de tener, cuando en la sociedad actual hemos conseguido convertirlo en un bien de segunda necesidad, desperdiciado en exceso y relegado a un tercer plano en nuestra lista de preocupaciones diarias, y todo esto sin que prácticamente seamos conscientes de lo que está pasando.

Claro, llegamos al mundo y no nos da tiempo a adaptarnos, ni mucho menos a preguntarnos qué es lo que queremos hacer realmente con semejante responsabilidad. En qué invertiremos nuestro tiempo, único, mágico, intransferible, irrecuperable. Cuando eres niña o niño, no te preocupas de semejantes trivialidades. ¿Tiempo? “Tiempo para jugar y déjate de historias”. Qué fácil era. Pero, de repente, te haces mayor, y entre clases, actividades extra escolares -a la que nos apuntan nuestras madres o nuestros padres precisamente porque no tienen ‘tiempo’ para hacerse cargo de nosotros-, comienzan a surgir las primeras responsabilidades serias. Acabamos de consumir un cuarto de nuestra vida útil y seguimos sin tener tiempo para nosotros.

Y avanzamos.

Seguimos creciendo.

Sigue pasando el tiempo y aquello que veías tan lejano cuando salías del colegio portando tu mochila de moda y tus cuadernos con apuntes de Conocimiento del Medio; aquellasbeach-1846145__340.jpg personas mayores que hablaban preocupadas por teléfono mientras rebuscaban con prisas y cierto enfado cosas en sus bolsos o maletas, resoplando y sin apenas percatarse de que alguien les observaba con interés y cierta curiosidad; se transforma en tu vida.

Es tu momento: eres mayor y ya no tienes tiempo de plantearte el resto. Facturas, hipoteca, llegar a fin de mes, conciliar tu vida profesional con tu vida familiar y tus amistades, practicar algún deporte, salir al menos una vez por semana, hacer la compra, darte el lujo de preparar una escapada, recoger a los niños, visitar a tus padres, mantener tu empleo. Ni si quiera te das cuenta, cuando andas por la calle corriendo de un lado a otro, siempre mal de tiempo, de aquella niña que te observa tras su carpeta como si fueras un ejemplo.

Hoy, alguien me ha dado un gran consejo: cuando montas en la rueda no lo ves. Cuando estás ‘dentro’ pierdes totalmente la perspectiva y lamentablemente no eres consciente hasta que ocurre algo, por desgracia en la mayoría de los casos un hecho de fuerza mayor, que te obliga a detener esa rueda. Algunos tienen suerte y recapacitan, e incluso cambian la cosas. Otros se pegan toda la vida advirtiendo que lo harán o que lo harían. O que les habría encantado hacerlo.

Si lo pensamos, es algo que todos tenemos. Tiempo. Estaría genial que alguien nos dijese lo importante que es cuidarlo, gestionarlo, entenderlo. Sin embargo, como todas las cosas en la vida, nunca es tarde para hacerlo…

Preciso tiempo, necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta..

(Tiempo sin tiempo, Mario Benedetti)

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