Imagina. Toda una vida creyéndote el cuento de que eras invencible y prácticamente perfecta, para que todo, de repente, se desvanezca en tan solo unos instantes. Tranquila, no pasa tan rápido. El proceso es mucho más pausado, tintineante. De hecho, es muy complicado percibir que algo te está ocurriendo cuando se está dando prácticamente en el centro de tu vida.

La historia se las trae, pero estoy convencida de que es algo por lo que todos pasamos, hemos pasado y seguiremos pasando irremediablemente a lo largo de nuestras más o menos largas vidas. No lo prolongo más. Os lo cuento. El problema es que no toleramos el fracaso. 

Fracaso. Como suena. Hasta decir en alto esta palabra me resulta un tanto agotador. Suena como muy… pesado. Suspiro. Me ha costado decirlo en alto. ¿Por qué nadie nos contó nunca que podíamos fracasar en algún momento dado? De hecho, es lo más normal del mundo. La vida da para tanto… no se puede ser perfecto en todo. Eso no existe. Nos han vendido una moto que ni siquiera habíamos mirado.

Desde que empiezas tu vida, ya en la tierna infancia, vienes al mundo a convertir en realidad cientos de anhelos de las personas que nos han traído al mundo. Y no, no es un complot. Ni siquiera ellos son conscientes de este pacto con el Diablo. Así, sin más, nos enseñan que tenemos que estudiar y sacar 10 -preferiblemente en todo-. Destacar en deportes, dominar un idioma -o dos, o tres-, de paso; tocar un instrumento -quiero decir a parte de la flauta, claro-, y tener un hobby -y por favor, que no sea muy raro-.

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Con semejante lista de actividades complementarias al horario lectivo, sumado a la realización de las tareas escolares, a las actividades extra escolares y al tiempo que dedicamos, un poco porque no les queda otra, a eso de ser niños; el tiempo para pensar y reflexionar sobre la vida misma es relativamente corto. Sin embargo, seguimos creciendo como si nada de esto tuviera que ver con nosotros. No hay tiempo que perder, en el sentido más literal de la expresión. 

A medida que crecemos la cosa se complica. La etapa de socialización empieza a protagonizar la mayor parte del espacio que deberíamos de dedicar a otras cosas. Claro, en este proceso nos olvidamos de aquellos que carecen de las herramientas para seguir nuestro paso -estos han quedado a un lado- y de aquellos que no cuentan con los factores necesarios para alcanzar nuestro ritmo, como una familia estructurada, unos ingresos mínimos en el hogar, en definitiva, un equilibrio -estos también quedan irremediablemente fuera de la competición en la que se ha convertido nuestra vida, repito, sin que nos hayamos dado ni cuenta-.

Así pues, la vida fluye con relativa normalidad. Somos las princesas de un cuento de esos que nos han leído siempre, en los que el final feliz estaba asegurado. Nadie te cuenta que algo puede salir mal, que puede que no ocurra lo que soñabas al principio del cuento. Que nos vamos a equivocar miles de veces a lo largo de la trama que es la vida. A nadie se le ha ocurrido la idea de compartir con las futuras generaciones un hecho: hay que aprender a caerse, y ser capaz de levantar de nuevo.

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Por eso, y cada vez ocurre más tarde -y sí, acabo de pulirme toda la adolescencia y la fase intermedia que va entre ésta y la ya oficial edad adulta- llega un momento en el que la torre de naipes se cae. Y las causas pueden ser tantas… Nuestros padres pasan de ser superhéroes capaces de salvar el mundo y llegar a hacer la cena al mismo tiempo; nuestro amigos se equivocan, igual que nosotros, y a veces fallan; la gente, tal y como viene, se va para no volver… A lo largo del proceso vendrán muchos para enseñarnos que la vida duele. Y que todavía puede ser peor. Llegarán los miedos, las inseguridades, y, sin comerlo ni beberlo, empezaremos a buscarle dobles sentidos a cualquier palabra o gesto. A juzgarnos constantemente. A someternos a un examen prácticamente diario.  Seguimos compitiendo en la misma carrera que nos apuntamos al nacer, pero ya ni siquiera vemos el suelo. 

Y ¿sabéis que es lo peor de todo? Que dedicamos tanto tiempo a regodearnos en lo dura que es la vida que nos olvidamos de lo verdaderamente importante: que tenemos la suerte de estar viviendo. Y será mejor o peor, más o menos dura, con más o menos gloria, pero una vida única e irrepetible en definitiva. Y nadie nos ha enseñado a valorar eso, con sus luces y sus sobras; con sus fortalezas y debilidades; con sus altos y sus bajos; y lo más importante: con los nuestros.

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