Ella no quería…

Ella no quería…

Ella no quería crecer. No quería. Y sabía que no tenía otra opción pero ese argumento no le convencía. Recordaba, cada vez con más dolor, aquellos años en los que su única preocupación era decidir a qué jugar o cuál era su color favorito. Con el tiempo, las cosas pasaban de largo sin alternativa.

El tiempo que convirtió en casi una obsesión. Esa cuestión de no poder controlar su paso ni sus efectos. Sin embargo, no entendía por qué parecía ser la única afectada. Se sentía tan pequeña… a pesar de que crecía año tras año, era como si fuese disminuyendo poco a poco, volviéndose invisible para sí misma, porque no era capaz de entender por qué, de pronto, todo parecía perder luz y pesar demasiado.

Al final, el paso del tiempo es una de esas realidades que todos sabemos que ocurren. Un concepto, el del tiempo, que, mal aprovechado o en las manos equivocadas puede convertirse en una auténtica ruina. Pero… ¿quién establece lo que realmente está bien o mal hecho? ¿Cómo se determina en qué debemos invertir nuestro tiempo? No lo entendía. La gente discutía, envidiaba, se mal quería. Y ella, como una espectadora muda, petrificada, analizaba lo que sentía.

Quería parar el tiempo, pero no podía. Y así, poco a poco, fue perdiendo la ilusión en su día a día, y olvidando lo más importante: aprovechar cada segundo como si fuera el último, como una bocanada de aire fresco en pleno desierto o un buen trago de agua dulce en medio de un enorme océano. Como un trozo de sandía tras finalizar una 10K, como un abrazo en uno de esos días en los que te duele el alma de verdad. El tiempo pasaba igual por todos, pero ella no supo entender la vida. Aquella que, sin querer, se le fue marchitando poco a poco, sin alegría.

¿Amas la vida? Pues si amas la vida no malgastes el tiempo, porque el tiempo es el bien del que está hecha la vida (Benjamin Franklin).